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Glitch – Capítulo 1

La mochila sobre los hombros, el colorete cubriendo por completo mis mejillas, las deportivas pastel; estoy preparado, como si fuera un día más de clase. Excepto que no lo es. Es mi primer día de colegio por segunda vez este año.
Los niños que llegan a mitad de curso no suelen encajar. No puedo competir con las amistades forjadas en años anteriores y durante las semanas de conversaciones, juegos y nuevas experiencias que han compartido todos mis compañeros, incluso los más nuevos, desde septiembre.
Ando con la visera de la gorra baja mientras pateo la tierra del camino más directo desde mi nueva casa hasta el lugar donde me pasaré las horas encerrado, de lunes a viernes, hasta que consigan que mi cabeza estalle de aburrimiento. Hace una semana todavía estaba en mi antiguo colegio. También era aburrido, pero por lo menos tenía a Inés. Aquí no tengo a nadie. No espero encontrar amigos. De hecho, mi intención es marchame lo antes posible, volver al pueblo con mi madre.
Ella vino a buscarme dos días atrás, después de instalarse en el nuevo piso y dejarlo todo listo y amueblado. Horas después estaba vaciando mis maletas en un sexto dónde desde el principio me he sentido encerrada. Aunque debo confesar que tampoco está tan mal, tiene una habitación para mamá y otra para mí, un salón y una cocina, que usamos de comedor. Además, los muebles que ha escogido son geniales. Los del salón tienen un aspecto metalizado, lo que hace que parezca que vivamos en una nave espacial. Incluso el sofá es de un gris súper chulo y la mesa de centro tiene una textura como de escamas de robot.
Su habitación también está decorada con mucho gusto, el armario, la cama y la cómoda son blancos con detalles de color rojo que muestran su personalidad. Y la mía… bueno, la verdad es que me encanta, ojalá pudiera llevarme esta habitación al pueblo. La pared está pintada de lila, pero lo que me gusta más es el color de los muebles: son azules y rosas, a la vez. Intenté no mostrarme demasiado contenta al verlo. En unos días le preguntaré si cuando volvamos al pueblo podremos llevarnos estos muebles con nosotras. Porque vamos a volver, de eso me encargaré yo.
Inés me dijo, antes de nuestro último abrazo, que tenía suerte porque podría investigar en un terreno desconocido, pero, la verdad es que metido en esa jaula me resulta imposible husmear y encontrar un buen caso.
«Kaplan se retira» pienso con pesar justo cuando me doy cuenta de que he abandonado el camino de tierra y ya estoy subiendo la calle hacia el colegio.
Ayer recorrí este mismo camino con mamá para no perderme en mi primer día y no llegar tarde. Aunque sabe que, si me dejara tener móvil, encontraría la ruta en Google Maps sin problema.
Distingo por el rabillo del ojo niños con mochilas de colores que cuchichean y charlan despreocupadamente. Cuanto más cerca estoy de mi destino, más voces oigo uniéndose al coro de conversaciones frívolas a las que no puedo prestar atención. Un cosquilleo en la nuca me distrae, me cuesta coger aire y lo suelto muy lentamente para que nadie se dé cuenta. Tengo «esa» sensación de la que hablan y que nunca había experimentado. Me siento observada.
Estoy condenada, encerrada en medio de este grupo de niños al que se añaden más y más miembros cada vez que cruzo un paso de peatones. Voy a tener que encontrarme con ellos cada día, vamos a estar recluidos juntos. Ellos ya se conocen, yo soy nuevo. Subo la cabeza y la visera de mi gorra y ahora puedo verlos. Como pensaba, algunos se han fijado en mí. Enderezo mi postura y ando lentamente, pero con decisión.
«Que miren» pienso con orgullo.
Tengo que dejar claro quién manda desde el principio. Todavía estoy enfadado, pero no me servirá de nada estar de morros hasta las cuatro y media de la tarde.
Todo era más fácil en mi antiguo colegio. Nada había cambiado desde que era pequeño. Allí me conocían y me respetaban. Todos los niños querían jugar con Inés y conmigo, aunque ninguno quería aceptarnos en sus grupos de amigos. Así que hicimos lo mismo y de repente todos querían entrar en nuestra agencia de espías de dos miembros.
Nombres en clave: Lancelot y Kaplan. ¿Qué estará haciendo Inés? ¿Encontrará algún grupo de amigos? ¿O esperará a que yo vuelva? Yo le dije que mi misión en La Ciudad sería convencer a mi madre para regresar, pero quizá Inés no crea que pueda conseguirlo y quiere reemplazarme con otro espía principiante. Desecho la idea, ¿cómo iba a seguir nuestra agencia sin mí?
«Quizá cuando mamá empiece las clases, se dará cuenta que no le gustan y quiera volver a casa».
A nuestra casa en el pueblo, donde hemos vivido siempre mis abuelos, mi madre y yo. Éramos cuatro y ahora somos dos, nuestra familia se ha roto. Mi madre la ha roto. Los abuelos están a cuatro horas en coche, e Inés también. Ya no tengo amigos, ni los quiero.
No me fijo en lo que chismorrean los niños a mi alrededor. Algunos llevan móvil. Mis abuelos siempre dicen que a mi edad los niños no llevan móvil. Parece ser que aquí sí. De hecho, veo a una chica de rizos dorados que parece mucho más pequeña que yo deslizando los dedos por la pantalla táctil de su smartphone.
—¿Qué es? ¿Un chico o una chica? —escucho a mi derecha.
Mis mejillas se encienden, suerte que están cubiertas de colorete y nadie puede distinguir mi rubor. Me cubro las orejas, que se han puesto rojas, con mi pelo corto y oscuro. Gracias a la gorra, consigo que quede sujeto para ocultar los signos de mi enfado. Estoy a punto de patear el suelo, cuando recuerdo justo a tiempo que ya no camino sobre tierra, sino sobre una acera de cemento.
Hacía tiempo que no oía este tipo de comentarios, pero sabía que esto iba a ocurrirme en un lugar dónde nadie me conoce todavía. No quiero admitir ante mi madre que me molesta. No serviría de nada. Mis abuelos ya le dijeron a mamá que en la ciudad se meterían conmigo. No están acostumbrados a mí como lo están en el pueblo. Si mi madre no quiso escucharles a ellos, ¿por qué iba a hacerme caso a mí?
«¿Un chico o una chica?»
Normalmente, me gusta enfrentarme a la confusión de los extraños. De hecho, me encanta que algunos se refieran a mí en femenino y otros en masculino. Me provoca una especie de orgullo que es solo mío. Pero, ahora, es distinto. No quiero dar explicaciones a estas personas a las que voy a ver día tras día. Tendrán que acostumbrarse a mí hasta que averigüe cómo volver al pueblo.

X
Apoyo los brazos sobre el mostrador de recepción y me doy impulso hasta quedar de puntillas para poder ver más allá de la ventanilla a medio abrir. La mujer está de espaldas y juega al Candy Crush en su móvil.
—¡Perdone! —exclamo.
—Sí, ahora, un momento —dice girando en su silla hasta quedar de cara a mí, pero con los ojos todavía fijos en el móvil.
Durante unos segundos más las largas uñas de la mujer golpean la pantalla sonoramente ante mi mirada impaciente.
—¿Ya?
—¡Un momento!
No puedo creerlo.
«No voy a responder a esta provocación» me digo. «No sería un buen modo de empezar el colegio».
—Ya estoy —dice la mujer que tarda en despegar la mirada de la pantalla incluso ahora—. Dime.
Entonces posa sus ojos en mí, por fin me ve de verdad y su expresión cambia.
—¿Es eso maquillaje? ¿Cuántos años tienes? Espera… ¿vas disfrazado?
Ya estoy acostumbrada a llamar la atención por mi apariencia y por fin, otra vez recupero mi orgullo. Siento cómo el miedo se disuelve en mi interior y sonrío.
—Es mi primer día, mi madre me dijo que preguntara por el director.
—¿Cómo te llamas?
—Noah Lumia.
La mujer que estaba levantándose de su silla, se queda a medio camino, sin llegar a enderezar su espalda cuando oye mi nombre. Me mira por encima de sus gafas y vuelve a sentarse bajando la vista a unos papeles que yo no puedo ver desde donde estoy.
—Sí, me habían hablado de ti, eres la nueva.
«Ya está, qué chivatos son los documentos. En cada registro y formulario consta que soy una chica. Tendré que corregir este error» pienso fastidiado mientras la mujer me hace esperar y cierra la ventanilla.
Durante unos segundos oigo sus uñas repiquetear la pantalla de su teléfono y me giro. La mujer me guía al despacho del director y me deja con un hombre de pelo cano. Tras unas pocas palabras de bienvenida, me apremia a seguirle a través un largo pasillo verde crema con una fila de puertas iluminadas por ventanales, que se abren al lado derecho, a través de ellos puedo ver una pista de cemento con canchas y porterías. Mientras sigo los pesados pasos del director fijo mi vista en el exterior. Algunos niños empiezan a agruparse en un rincón de la pista. Por lo visto, va a empezar una clase de educación física. Reconozco a la chica de rizos dorados que andaba con un móvil. Charla con sus compañeros despreocupadamente dando saltitos. Estoy a punto de detenerme, arrugo la nariz, molesto. Ojalá estuviera en su lugar, charlando tranquilamente con mis compañeros.
«Ojalá Inés estuviera aquí».
Sigo mirando por la ventana cuando el director abre la puerta de una de las clases y tengo que enderezarme rápido. Me encuentro mal, estoy a punto de conocer a mis compañeros, no quiero hacerlo, no quiero entrar en esa aula, pero el director ya está dentro y me apremia con un gesto. Siento que quiero llorar, pero lucho contra ello, alzo la cabeza y subo la visera de mi gorra. Para aguantar mi expresión de indiferencia tengo que arrugar la nariz otra vez. Intento encontrar mi seguridad, aunque no lo consigo. Igualmente entro.
No es tan malo como pensaba. El director me presenta como «Noah, vuestra nueva compañera de clase», me invita a hablar, pero no digo nada. Luego me siento y empieza la clase. Algunos compañeros me observan mientras la profesora explica la lección. Habla y habla y habla… me da sueño. A veces se detiene y pregunta algo, nos mira a todos y yo me quedo callado, ni siquiera sé lo que está diciendo. He notado que algunos compañeros se han fijado en mí y cuchichean. Paso de ellos, esto no me gusta en absoluto. Cruzo los brazos, me gustaría echarles una mirada de advertencia, pero no me atrevo. Estoy sola contra un enorme grupo y la cosa no hace más que empeorar cuando suena el timbre y la profesora se va. El volumen de las voces a mi alrededor sube de repente y se dispersa por el aula. ¿Qué debería hacer?
—¿Te llamas Noah? ¿Eres una chica o un chico?
Me vuelvo hacia la izquierda donde está el grupo de cuchicheadores y relajo la postura descruzando los brazos. Sus expresiones parecen amigables.
—No es necesario escoger sólo una opción —digo esbozando una sonrisa críptica.
Parece que los tres chicos no son los únicos que han escuchado mi respuesta porque oigo unas risas detrás de mí. Me giro un momento, casi todos los alumnos de la clase me observan.
—El director ha dicho que es una chica —comenta otro niño al que no identifico.
Hay demasiada gente y yo solo soy uno. No creo que pueda distinguir sus caras. Por un momento me siento mareada, creo que me voy a caer, pero en lugar de eso mi orgullo me da fuerzas para levantarme y sentarme sobre mi escritorio.
—Y, vosotros, ¿cómo os llamáis? —Me dirijo a los primeros chicos que han hablado conmigo y finjo que el resto de alumnos no existen.
Sus sonrisas son diferentes ahora, ya no parecen tan amigables. Uno de ellos, el rubio, está a punto de contestar titubeando, sin embargo, antes de que pueda pronunciar palabra, la profesora entra en la clase y regresan a sus pupitres. Yo me quedo sentada en la mesa unos segundos más, hasta que la profe me ve y tiene que llamarme la atención.

****

«Qué asco de día. Qué asco de ciudad. Qué asco de colegio. Qué asco de vida».
No podía desear más intensamente que terminaran las clases. La hora de la comida ha sido un infierno, he comido solo mientras todo el comedor tenía los ojos fijos en mí. No hacía más que mirarlos a todos con mala cara. ¿Cuál es mi papel aquí? ¿Soy el chico malo? Ni siquiera eso, porque según ellos solo soy una chica. Estoy a punto de darle un puñetazo a la pared, pero me detengo y respiro con profundidad.
Creía que el día no podía ir a peor y me equivocaba. Llega la última hora de clase, toca música y el profesor hace que nos emparejemos con un compañero para que hablemos de nuestros gustos musicales y los identifiquemos con unas categorías que salen en el libro de texto. Además de quedarme sin pareja porque el número de alumnos en clase es impar, el profesor no me deja hacer el ejercicio sola, porque todavía no tengo el libro de texto, y tengo que realizarlo con dos compañeros que pasan de mi y hablan entre ellos como si yo no estuviera.
Me apresuro a salir de la clase cuando suena el timbre, y estoy corriendo por el pasillo cuando me topo con un abrigo gris muy pesado. Miro hacia arriba y me encuentro a un hombre alto y de pelo rubio que me observa como si lo estuviera tocando con una cucaracha —y no tuviera ninguna simpatía por esos bichos—.
—Perdón —digo sin sentirlo demasiado, dispuesto a irme.
—¡Ve con cuidado! ¡No se corre en los pasillos! Seguro que me has manchado el abrigo con el potingue ridículo que llevas en la cara.
No sé si sigue gritando porque me voy rápidamente. Quiero llorar, lo necesito, y también necesito golpear algo. Me siento aliviado cuando paso por el camino de tierra de vuelta a casa; levanto el barro seco y las piedras a golpes de pie, una y otra vez, mientras avanzo. Tengo ganas de llegar a casa, no al sexto de alquiler, sino a la de siempre, a la del pueblo. Pero no me queda otra opción, y, aunque no quiera ver a mi madre, tendrá que abrirme la puerta porque todavía no tengo mi copia de la llave. Si la tuviera tal vez podría entrar sin que se diera cuenta.

****

Al llegar a mi nuevo edificio me pongo de puntillas para darle al interfono de nuestra nueva vecina. Nada más mudarnos mi madre me presentó a la mujer mayor que vive justo al lado y le pidió si podía abrirme hasta que tuviera llaves. Mi madre está en casa, pero no puede oír el timbre, es sorda.
Mientras subo en ascensor pienso que tendré que golpear la puerta para que ella sepa que ya estoy aquí, sin embargo, al llegar al rellano veo que esta está entreabierta.
No es la primera vez que mi madre no cierra la puerta. No estoy segura de si ha sido un despiste o lo ha hecho a propósito para que yo pueda entrar. Sea como sea, esto tiene que terminar. Ahora vivimos en la ciudad, podría entrar cualquiera.
Entro y cierro con el pie con tanta fuerza que mi madre lo siente. Se acerca bailando desde la cocina con los guantes de goma cubiertos de espuma.
—¿Cómo ha ido el primer día?
Está sonriendo, se acerca y me abraza, intentando no mojarme. Yo me apresuro a deshacerme de su abrazo, sigo enfadado. Ella me mira con expresión interrogante.
Intento irme, pero no duda en mancharme de espuma, posando sus manos sobre mis hombros.
—¿Qué sucede? —insiste.
—Nada —murmuro, apartando la cara.
Mi madre me coge por la barbilla y sonríe comprensiva.
—Mírame y repite eso, Noah.
Suele tener que recordármelo cuando me enfado. Como no puede oírme sin el audífono y apenas con él, necesita leerme los labios. Cuando estoy furiosa ni siquiera pienso en ello, porque en realidad no quiero que sepa lo que digo.
—Nada, mamá. Ha ido bien.
Ella asiente, pero parece que no me cree para nada.
—¿Quién te gustaría que estuviera aquí? —pregunta entonces.
Bajo la cabeza y ella vuelve a subirme la barbilla por si digo algo más, aunque permanezco en silencio.
Si no la conociera, pensaría que quiere torturarme con esa pregunta, pero nada más lejos de la realidad. Se quita los guantes y, después de secarse las manos en su delantal, saca un smartphone de segunda mano del bolsillo de su pantalón. Presiona el único botón que tiene y veo que hay muchas aplicaciones instaladas. La mayoría son las que uso en su móvil. Tengo ganas de empezar a jugar, pero me anima a hacer clic en un icono que nunca había visto. Es una «S» blanca con el fondo plateado. Tras pulsarlo, aparecen otros tres iconos que sí puedo reconocer, son fotografías de las personas más importantes de mi vida. La primera es una selfie de mi madre, en la segunda aparecen mis abuelos sonrientes y en la última veo a Inés.
—Está esperando tu llamada —me dice mi madre en un susurro—. Solo tienes que pulsar su foto para poder hablar con ella.
Le hago caso y en menos de dos segundos mi mejor amiga aparece en pantalla. En cuanto me ve, saludo con la mano sin ser todavía del todo consciente de lo que sucede.
—¡Inés!
—¡Tenemos móviles! —dice mi amiga desde el otro lado, que saluda con la mano a su vez—. Mis padres y Bea lo han estado maquinando desde hace tiempo. ¡Y sin que nos diéramos cuenta! ¡Con la de veces que nos han dicho que no íbamos a tener móvil hasta los dieciocho!
—Bueno, eso no se lo creían ni ellos —digo mirando de soslayo a mi madre.
Ella me alborota el pelo sin perder su alegría y luego se retira para dejarnos intimidad.
Yo sonrío, pero creo que Inés sabe que no estoy contento.
—¿De qué nos sirven ahora los teléfonos? No volveremos a investigar juntas.
Un suspiro sonoro pausa la conversación. Inés se queda mirándome incrédula.
—¿En serio? ¿Qué no nos servirán de nada? ¿Hola? Para qué sirven los teléfonos. Ahora mismo estamos hablando. ¡Gracias a esto seguiremos juntas! Y podremos seguir investigando.
—¿Cómo? —pregunto enfurruñado.
—No sé… a ver, para empezar, puedo mantenerte al tanto de nuestras investigaciones en progreso.
—Han llegado todas a un punto muerto.
—Quizás sí —admite.
No digo nada, pero al final mi amiga me arranca una sonrisa.
—Además, esta aplicación es genial. También podemos chatear, enviarnos vídeos y notas de voz.
—Está bastante guay —reconozco—. Nunca había oído hablar de esta app.
—Se llama Swirp, es nueva. Tu madre la encontró y nos ha dicho que la instalemos. Le irá bien para poder hablar con tus abuelos, la tienen en el ordenador. Yo también me la pondré para que podamos hablar más fácilmente mientras hago los deberes. Así no tendré que aguantar el móvil.
—Ya… —Tengo ganas de emocionarme, pero no puedo. Necesito sincerarme.— Todo esto está genial, de verdad, pero he tenido un día horrible. Estar aquí es un asco.
—Eso es porque no me tenías contigo. Ahora estaremos juntas en todo momento. Mañana te pones tu colorete color melocotón y las zapatillas nuevas, ¿vale? Y estamos en contacto. Tooooodo el día, ¿vale?
Asiento. Estoy mucho más contenta. Hoy ya iba armado con el maquillaje y las zapatillas, pero está claro que me faltaba algo y ese algo es Inés.
—Ya sabes que Fer también vive en la ciudad, te pasaré su dirección a través de la aplicación y podrás ir a verlo.
—Ya.
No estoy convencida de ir a ver a Fer. Apenas conozco al hermano de Inés, además, no lo veo desde el verano. Hace más de un año que empezó la universidad y se mudó a la ciudad. Quizá él pueda entenderme. Aunque recuerdo que era muy friki. Muy raro… y serio.
—¡Vamos! Será divertido. ¡Ya estás preparada para una nueva aventura! ¿Verdad?
—Preparada para una nueva aventura…
«Preparada».
«Aventura».
Eso me gustaría. Pero no me siento ni preparada ni me veo viviendo una aventura en este lugar, ni en el piso ni en el colegio. Mañana será solo otro día asquerosamente normal, común y corriente. Ni extremo calor, ni lluvia, ni una brisa que lo haga todo más real y emocionante. Pero tendré que afrontarlo con la cabeza bien alta, como siempre. Inés me lo ha pedido, y estará conmigo.